Lipograma sin la “e”
Un día normal, al inicio con un sol cálido, yo admiraba la sala y a mi gato. Mi gato Tomás dormía tirado, boca arriba, con la cola larga y doblada, como un lazo muy raro. Todo iba tranquilo y sin razón alguna Tomás corrió, saltó y tiró mi taza con colacao al piso. Suspirando solo admiraba como mi colacao manchó mi alfombra blanca con un valor asombroso, formada con mucho cariño por mi nana.
Mi mamá arribó con prisa, mirando con horror la mancha marrón por la alfombra color claro. Yo trataba limpiar la alfombra con un trapo, más Tomas, con su mala gana, corría, brincaba y hasta mordía la funda para almohadas.
Tras unos minutos, agarró una bola roja de lana, la cual guardaba mamá para costuras, y la arrastró por toda la sala logrando tirar las almohadas y la lámpara la cual casi acaba rota. Yo iba tras Tomás, llamándolo, tratando pararlo sin logro. Tomás continuaba brincando, girando…y yo, sin calma alguna, iba atrás como una tonta.
Al final, con mucho trabajo cogí la bola para costuras y con afán para guardarla, Tomás mordió mi mano con cariño, mostrando calma por la sustracción y no fastidio. Así, con tranquilidad, lo cogí y lo subí al sofá acariciandolo hasta roncar por cansancio y yo con 0 ganas, valorando como alzar y limpiar la taza caótica y la alfombra costurada por mi nana.
Yo, mirando la sala arruinada, no sabía si llorar o soltar risas. Había un caos asombroso: manchas, almohadas tiradas, lana rota… Más, aun con todo, mi cariño por Tomás, mi gato favorito, nunca disminuirá. Con Tomás, mi risa brota sola y no hay día normal con mi gato pasando por la sala.
Comentarios
Publicar un comentario