Lipograma sin la W
El aeropuerto era un bullicio de gente a primera hora de la mañana. Entre el había pasajeros que iban y venían, localicé mi puerta de embarque. Mi avión, un gran reactor de color blanco, despegó puntual rumbo a una ciudad desconocida para mí. A través del la ventanilla, el mundo se convirtió en un mar de nubes algodonadas. Era mi primera gran aventura completamente solo, y una mezcla de euforia y nervio me recorría.
Tras algunas horas de vuelo, el avión comenzó su descenso. La ciudad apareció bajo mí, como un complejo circuito de luces diminutas. Al bajar por la escalerilla, la húmeda brisa del trópico me dio la bienvenida. Tomé un taxi amarillo y le di al conductor el nombre de mi hotel. El hombre, de edad avanzada, hablaba con un acento musical y rápido, contándome historias del lugar.
Durante el trayecto, miraba absorto el paisaje urbano. Edificios altos de cristal se mezclaban con frondosa vegetación exuberante. La vida parecía bullir en cada esquina. Gente de todas partes, con ropa de colores vibrantes, llenaba las aceras y calles principales. Un intenso olor a comida callejera, especiada y aromática, inundaba todo el ambiente.
Decidí bajar del taxi antes de llegar al hotel para caminar un poco. Encontré un pequeño mercado de artesanías locales instalado en una plaza. Puestos de madera exhibían bellos objetos hechos a mano. Compré un collar de cuentas de colores brillantes para recordar el momento. El vendedor, un hombre mayor de sonrisa amable, me habló de la tradición de cada pieza.
Al caer la tarde, tomé un tranvía que me llevó a un mirador en la colina. Subí hasta la cima justo para ver la puesta de sol. El cielo se tiñó de naranja, rojo y morado, un espectáculo de una belleza increíble. La ciudad, a mis pies, se iluminó de a poco, como si miles de luciérnagas encendieran sus lucecitas. Era una vista realmente mágica.
Para la cena, elegí un restaurante al aire libre junto a la plaza principal. Bajo la tenue luz de faroles antiguos, probé un plato típico de la región, intensamente picante pero delicioso. Un grupo de músicos locales tocaba melodías alegres con instrumentos tradicionales. La gente bailaba y reía, creando una atmósfera de fiesta.
Regresé a mi hotel caminando lentamente, absorbiendo los últimos sonidos de la noche. En la habitación, desde el balcón, observé la ciudad dormir. Grabé cada detalle del día en mi diario de viaje. La felicidad por la experiencia de ese primer día me llenaba por completo. Mañana me esperaban nuevos rincones por descubrir en este lugar maravilloso.
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