Política en la mesa
La mesa estaba llena de tortillas, croquetas y ese silencio tenso que solo aparece cuando alguien mezcla política con patatas bravas. Todo iba razonablemente bien… hasta que el hijo de mi amigo, ese chaval que heredó la ideología conservadora igual que otros heredan el color de ojos, soltó la frase:
—Al presidente del gobierno lo que habría que hacerle es pegarle dos tiros y listo.
Se hizo un silencio tan grande que hasta la nevera dejó de hacer ruido. Yo puse mi mejor sonrisa diplomática, esa que usas cuando quieres evitar una Tercera Guerra Mundial pero también quieres que quede claro que no estás para bromitas violentas. Respiré hondo y, con tono ligero, dije:
—Hombre, dos tiros me parece pasarse… que está el precio de las balas por las nubes. Además, para lo que sirve es para quedarte sin presidente y sin democracia, y a mí que nuestro presidente me cae bien, oye. ¡Si a este paso le tengo más cariño que a la cafetera de cápsulas!
El chaval me miró como si acabara de confesar que voto a favor del impuesto sobre el azúcar. Mi amigo, rojo como un tomate relleno, carraspeó, y su hija intentó cambiar de tema preguntando si alguien quería más pan. Nadie quería más pan. Queríamos paz. Yo seguí, con humor y voz suave, como quien explica a un gato por qué no debe meterse en la lavadora:
—Mira, criticar, debatir, todo eso es sano. Es más, yo vengo preparado: llevo diez años vacunado contra tertulias políticas familiares. Pero hablar de tiros… eso no, campeón. Que nuestro presidente tendrá sus cosas —como todos—, pero está currándose el país. Y además, ¿qué clase de ejemplo damos aquí a nuestros hijos, los tuyos incluidos? ¿Que cuando alguien no piensa como tú, lo solucionas al estilo película del oeste? Ni que estuviéramos en “For a Few Bullets More”.
Mi amigo por fin reaccionó:
—Juan, no es hora de decir eso —le dijo al chaval—. Queda peor que el VAR en un clásico.
La tensión se fue desinflando poco a poco. Alguien hizo un chiste sobre si mejor hablábamos de fútbol, yo fingí que a todos les gustaba el fútbol, y mi amigo abrió otra botella de vino para guardar los cuchillos afilados.
Al final, entre risas forzadas y albóndigas, quedó claro que podíamos seguir siendo amigos… siempre y cuando los temas peligrosos se trataran con humor, respeto y, sobre todo, sin balas. Y oye, si algo quedó de moraleja en aquella comida, fue esto: la política se debate, no se dispara. Y si no te gusta el presidente, pues votas. Que para eso sirven las urnas… no las armas.
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