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 Lo primero que me llama la atención es la facilidad con la que un niño puede afirmar que alguien “merece morir”, algo que supera cualquier debate o diferencia de opiniones. Escucharlo por la calle me dejaría bastante preocupado, probablemente me quedaría sin palabras intentando procesar lo que ha pasado a tres de hacer nada.

Si después de procesarlo viera que los padres del niño no hacen ni un comentario, esa reacción de parte de los padres me parecería más inquietante que la frase del propio niño. Sería como transmitirle que expresar ideas tan extremas es aceptable, o normal. En ese punto, ya no podría quedarme callado.

No obstante, mi primera reacción al oír algo así sería apartarme y observar la respuesta de los padres, porque al fin y al cabo son ellos quienes deben encargarse de su educación. Pero la falta de una reacción de los padres me obligaría a intervenir.

En ese caso, hablaría con mi amigo. Le explicaría que, aunque es evidente que cualquiera puede sentir rechazo hacia opiniones contrarias, cruzar la línea de desear la muerte de otra persona es algo que no debería normalizarse bajo ningun concepto. Si esas ideas se aceptan a tan corta edad, es imposible ver en qué podrían convertirse más adelante.


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