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 Cuando me pongo en esa situación, lo que más me impacta es imaginar el efecto que tendría escuchar un comentario así de alguien a quien quiero y he visto crecer. No sería una simple salida de tono: me removería profundamente. Precisamente por el cariño y la cercanía, oír a un chaval decir que habría que matar al presidente del Gobierno —además alguien a quien yo voto— me generaría una gran preocupación. No por pensar distinto, sino porque una frase tan violenta no surge de la nada.


En ese momento, antes incluso de la reacción del padre, le llamaría la atención con seriedad. Me sentiría con la confianza suficiente para explicarle que no es una broma, que la violencia nunca es aceptable, que debe respetar opiniones diferentes y que ese tipo de mensajes transmiten ideas muy peligrosas. Callar ante algo así sería contribuir a normalizarlo.


Después hablaría con mi amigo, desde la calma, para insistir en la importancia de frenar estos comportamientos y educar en el respeto. Nadie merece que se desee su muerte, piense como piense, y es fundamental enseñar que las ideas se discuten, no se atacan, y que las palabras tienen peso.


Si aun así intentaran minimizarlo o justificarlo, tomaría distancia. No para entrar en conflicto, sino por coherencia con mis valores. Poner límites no siempre rompe relaciones; muchas veces es una forma de cuidarse y de proteger el tipo de entorno basado en el respeto y la empatía que uno quiere para su vida.


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