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Si me pasara algo así, al principio me quedaría en silencio. Me sentiría sorprendida, incómoda y un poco asustada porque lo que escucho es muy fuerte. No sabría muy bien qué decir, y tampoco quiero discutir ni pelear; pero tampoco podría quedarme callada y fingir que todo está bien. Probablemente respiraría hondo y diría algo tranquilo, como que no estoy de acuerdo con desearle daño a nadie y que se puede pensar diferente sin decir cosas así.
Creo que sería importante poner un límite, sobre todo con las adolescentes delante. Ellas están escuchando y aprendiendo de lo que hacemos las adultas, y yo no querría que piensen que está bien hablar así. Intentaría no hacer una escena ni arruinar la comida, pero sí dejar claro que hay comentarios que no son aceptables.
Después me pondría a pensar en todo lo que ha pasado. Me daría cuenta de que hay que actuar según lo que una cree y ser coherente con nuestros valores, aunque sea incómodo. También sentiría que es mi responsabilidad reaccionar de manera tranquila pero firme, porque a veces nuestros gestos enseñan más que nuestras palabras.
Si volviera a pasar algo así, primero trataría de mantener la calma, luego hablaría claro y, si hiciera falta, hablaría a solas con la persona para explicarle por qué me preocupa lo que ha dicho. Entendería que la amistad no significa aprobar todo lo que hace o dice alguien, sino poder poner límites y cuidar a las que están alrededor.
Al final, me sentiría tranquila conmigo misma por haber hecho lo correcto. Aunque la situación fuera incómoda, sabría que actué según mis valores, que protegí a las adolescentes y que mostré que la violencia verbal no está bien.
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