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 Yo acabaría la historia de la siguiente manera:

El padre, perplejo no solo ante la respuesta del hijo de su amigo, sino también dolido por la mirada de complicidad que le dirige su amigo, expresa su desacuerdo y su opinión sobre ese comentario tan extremista. El amigo, sintiéndose atacado y creyendo también que su hijo está siendo privado del derecho a “expresarse”, explota, entrando en un estado iracundo, y empieza a soltar un discurso que roza el nazismo de los años 30. El padre, viendo la situación y dando ya por perdido a su amigo, decide dejar el tema de lado. Este esfuerzo, en vano, solo hace que no solo el amigo, sino también su hijo, empiecen a criticar tanto su ideología como su persona. Esto haría que el padre, habiendo ya sobrepasado por completo su paciencia, cogiera su abrigo y, tras despedirse educadamente de su amigo, se retirara junto a su hijo de la cena.

Esta historia me hace reflexionar sobre cómo las ideologías más extremistas no solo se están apoderando de cada vez más seguidores, sino que también se están volviendo más propensas a la violencia y más cerradas al diálogo y al debate sobre sus ideas. Es preocupante ver cómo cada vez más gente se deja engatusar por el discurso violento de estos partidos sin pararse a pensar en las consecuencias reales que los cambios que proponen supondría para la sociedad. Siempre hay que intentar dialogar con la otra persona, siempre y cuando se pueda. Esto es lo triste de este tipo de personas, que nunca se paran a pensar si tiene sentido o no lo que dicen, solo saben repetir como loros lo que oyen de otros politicos.

Yo, sinceramente, reaccionaría de la forma más simple posible: me limitaría a tratar de hacerles justificar el porqué de esa opinión y, en caso de ver que la situación se está tensando, optaría por cambiar de tema de conversación en vez de intentar dialogar en vano con ellos.


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