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En el hipotético caso en el que estuviera en esta situación, al principio preferiría no intervenir y quedarme observando la reacción de sus padres, pues son ellos quienes deben decidir cómo educarlo, me resultaría imposible no pensar en lo preocupante que es que un niño vea normales pensamientos tan extremos. Incluso podría llegar a ser aún más alarmante que sus padres no le hagan ningún comentario, porque eso le diría que lo que ha dicho es completamente inaceptable.
De hecho, antes de decir nada, probablemente me quedaría en silencio, intentando procesar la situación. La idea de que alguien exprese tan tranquilamente que otra persona “merece morir” supera cualquier discusión o diferencia de opiniones, y más todavía cuando se dice en un lugar donde cualquiera puede escucharlo.
Si finalmente notara que los padres no le dan importancia, me vería obligado a hablar con mi amigo. Le diría con todo el tacto posible que, aunque pueda entenderse que existan sentimientos de rechazo hacia quien piensa lo contrario, desear la muerte de alguien traspasa cualquier límite. Lo mínimo sería corregirle, porque, si empieza tan joven a normalizar ideas tan radicales, quién sabe en qué podrían desembocar en el futuro.
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