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Esa noche, después de la cena, me sentí raro. No era por la discusión política con mi amigo, sino por lo que había dicho su hijo. El niño, hablando del presidente diciendo que a ese habría que pegarle un tiro. Y lo peor fue que su padre, en lugar de callarle, se rió.

Me quedé callado en el momento, pero al día siguiente no podía quitarme eso de la cabeza.

Decidí escribirle un mensaje: Le dije algo como: Oye, lo de anoche con tu hijo me tiene preocupado. Lo de pegar tiros no es una broma, da igual que no nos guste el político. Me sorprendió que te rieses. Esas cosas no se dicen ni en broma, especialmente delante de un niño.


Él me respondió: Pero que exagerado eres, si solo es un crío. No pasa nada. Esa respuesta me dolió más que el comentario del niño. Porque si un adulto no ve el problema en hablar así de la violencia, ¿Que está enseñando a su hijo?


Ahí me dí cuenta de que nuestra amistad ya no era la misma. No es que pensemos diferente en la política , es que tenemos valores distintos en cosas importantes. Yo creo que nunca debemos normalizar la violencia, ni siquiera como broma. Y él parece no verlo así.


Ahora pienso que debería haber dicho algo en ese momento. Sin enfadarme, pero con claridad: Oye, eso no está bien, no se debería bromear con esas cosas. Porque el niño solo repite lo que oye en casa. El verdadero problema no fue lo que dijo el pequeño, sino que su padre se riera y lo dejara pasar.


Al final, las amistades se rompen a veces no por grandes discusiones, sino porque descubres que otra persona no comprende cosas fundamentales. Y para mí, enseñar a los niños que la violencia no es un juego es una de esas cosas fundamentales


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