Carta de despedida
Bilbao, 22 de junio de 1937
Ama,
Te escribo esta dolorosa carta desde la capilla, lugar al que nos han llevado a mis compañeros y a mí antes de ser conducidos al cementerio de Vista Alegre, donde seremos ejecutados. No sé cuándo te llegará esta carta, pero en ese momento yo ya no estaré entre los vivos.
Aún así no quiero que sufras más de la cuenta por mi, es algo que ambos sabíamos que podía pasar. Cuando me alisté para defender Bilbao de la invasión de los nacionales lo aceptaste, pues sabías que tu hijo arriesgaría su vida por una causa que valía la pena: la libertad. Aunque mis compañeros y yo nos esforzamos al máximo para proteger nuestra querida tierra, no conseguimos impedir que los fascistas rompieran el Cinturón de hierro y tomarán Bilbao, ya que éramos superados en recursos y en número.
A pesar de que haya muerto en la guerra, me gustaría ser recordado como una persona pacífica y siempre lista para resolver las cosas hablando, lo cual tú me inculcaste desde que era niño con tu amor y tu paciencia. En esta última carta te quiero dar las gracias por haberme educado en el amor, la curiosidad por aprender, la empatía, y en el tener la mente abierta, has sido la mejor madre que podría haber tenido nunca nadie.
También me gustaría que, en la medida de lo posible, transmitieras estos mensajes que te dejo a continuación. A Aita, lo mucho que le quiero y lo agradecido que estoy por haberme obligado a dar siempre mi máximo esfuerzo. A mis amamas, lo agradecido que estoy por ese amor incondicional que siempre me han dado. A mis aitites, lo agradecido que estoy por los grandes valores que me han inculcado. A mis amigos, lo feliz que he sido siempre que he estado con ellos. Y a mi hermana, que únicamente siga lo que dicta su propio corazón, y que luche por lo que ella crea justo, por mucho que otros traten de imponerle sus formas de pensar.
Por último, quiero decirte que no debes culparte ni sufrir por mi muerte, pues es la propia vida la que a veces nos pone en situaciones injustas que están fuera de nuestro control. Por ello, quiero que cuando pienses en mí recuerdes no a un soldado fusilado en la guerra, si no a un hijo, un hermano, un nieto y un amigo, que trató de dejar el mundo algo mejor de lo que se lo encontró.
Un beso,
Tu hijo Pablo.
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