Carta
Ama,
Te escribo estas líneas en un papel sucio, el único que he podido conseguir, pero necesito que me escuches por última vez. Mañana al amanecer me fusilan. Sé que es un golpe durísimo, pero no quiero que me veas como una víctima. Muero convencida, defendiendo con orgullo aquello en lo que creo y plantándole cara al fascismo con todo el asco que me provocan sus balas. Me voy sabiendo que estoy en el lado correcto.
Gracias por haber sido tan permisiva conmigo; de verdad, eres la mejor madre que ha podido existir. Sé que en mi adolescencia nos distanciamos un poco porque yo solo quería comerme el mundo fuera de casa, y me duele no haber pasado más tiempo contigo, no haber sido más cariñosa. Ya sabes que me costaba demostrarlo, pero aunque no supiera estar, siempre fuiste mi refugio. Gracias por la educación y la vida que me diste, porque gracias a eso he sido una mujer libre.
Dile a mi padre que gracias por enseñarme el valor de la generosidad. Y a mi hermano... dile que, aunque yo nunca fuera de palabras dulces, es la persona que más quiero en este mundo, tal y como él siempre me decía a mí. Apoyaos el uno en el otro. Pídele que te lleve más a Busturia y, por favor, que no se olvide de regar la buganvilla que yo siempre regaba.
A mis amigas, diles que no he podido tener mejores compañeras de vida. Y a él… que le quiero, pero que la vida no se acaba aquí. Encontrará a alguien con quien pueda ser él mismo y que, ojalá, le altere la paz tanto como lo hacía yo.
No me han concedido la última voluntad, así que me quedo sin esa última cena. Pero aquí, en el silencio de la celda, no dejo de saborear esa "comida blanca" de la que siempre bromeábamos: el puré de patata, la bechamel y la nata. Ese plato perfecto que me habrías hecho tú. Me voy con ese recuerdo en la boca.
Ama, que me quiten lo bailado, como siempre me has dicho tú. He sido plenamente feliz y he disfrutado de la vida como nadie. Quiero que me recordéis así: como esa mujer auténtica que nunca se calló nada y que luchó a muerte por la gente que quería.
No quiero funerales religiosos, ni lutos. Sé que no podréis quemarme en una hoguera como me gustaría, pero haced de mi adiós una fiesta de recuerdos felices. Id a Busturia, coged un barco y recorred Urdaibai. Haced como si tirarais mis cenizas al agua mientras ellas ponen la música, son las que más me conocen y sabrán qué canciones elegir. Reuniros allí, hablad, bebed y celebrad que estuve viva.
Llorad lo justo, Ama. Recordadme en la libertad del mar.
Tú queridísima hija,
Laida
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