Dinero o amistad?

No recibiría el dinero, puesto que hacerlo sería sobrepasar un límite que resulta inaceptable. Esa noche no tenía ninguna intención de hacer daño, de hecho estaba afectado, abrumado por lo que me contó mi amiga y, por alguna razón extraña, sentí la necesidad de desahogarme. Fue un impulso, una reacción surgida en un momento de debilidad y desconcierto, sumado con el alcohol. Aunque lo conté sin decir nombres y sin querer hacer daño, la verdad, me daba igual. Era un secreto muy gordo confiado en mi habilidad de escuchar, sin traicionar, y lo hice de la peor forma, lo revelé a otra persona, con tal de calmar mi propio malestar. Esto es más que suficiente para sentirme culpable y recordar que la confianza de alguien no es algo que se pueda compartir como me da la gana.

En cuanto a ese millón, aunque ahora sería distinto aceptarlo, elegí de forma deliberada, aprovechando cosas que no son mías, y esto no es posible para mí. Convertir mi ser en quien valore la traición, en que la lealtad se negocie, en transformar secretos ajenos en fortuna propia, pues, choca con mi ética. Se lo diría a mi amiga, ya que callármelo sería repetir viejos patrones, robando su libertad para que decida sobre su vida, un error inaceptable. Ella debe saber lo que se viene, una experiencia personal y dolorosa se volverá ficción, llegando a otros, aún cuando los nombres y detalles cambien. Se lo diré, sin disculpas, sin querer suavizar mis acciones, aceptando del todo mi error, comprendiendo que podría enfadarse, estar desilusionada, incluso olvidarme.

No es saciar mi consciencia ni parecer bien ante mi mismo, es devolverle el mando de su vida y de lo que es suyo. Ocultarlo solo me ayudaría a mi, me dejando continuar con la paz de un secreto, pero no le sería util a ella, y no quiero soportar el sentimiento de haber alargado una falta solo No recibiría el dinero, puesto que hacerlo sería sobrepasar un límite que resulta inaceptable. Esa noche, no tenía ninguna intención de hacer daño, de hecho estaba afectado, abrumado por lo que me contó mi amiga y, por alguna razón extraña, sentí la necesidad de desahogarme. Fue un impulso, una reacción surgida en un momento de debilidad y desconcierto, sumado con el alcohol, y aunque lo conté sin decir nombres y sin querer hacer daño, la verdad, me daba igual. Era un secreto muy gordo confiado en mi habilidad de escuchar, sin traicionar, y lo hice de la peor forma, lo revelé a otra persona, con tal de calmar mi propio malestar. Esto es más que suficiente para sentirme culpable y recordar que la confianza de alguien no es algo que se pueda compartir como me da la gana.

Se lo diría a mi amiga, ya que callármelo sería repetir viejos patrones, robando su libertad para que decida sobre su vida, un error inaceptable. Ella debe saber lo que se viene, una experiencia personal y dolorosa se volverá ficción, llegando a otros, aún cuando los nombres y detalles cambien. Se lo diré, sin disculpas, sin querer suavizar mis acciones, aceptando del todo mi error, comprendiendo que podría enfadarse, estar desilusionada, incluso olvidarme. No es saciar mi consciencia ni parecer bien ante mi mismo; es devolverle el mando de su vida y de lo que es suyo. Ocultarlo solo me ayudaría a mi, pero no le sería útil a ella, y no quiero soportar el sentimiento de haber alargado una falta solo por mi bien.


Resulta imposible olvidar lo que hize o las palabras que dije esa noche, pero si puedo decidir no ganar de ello. No aceptar el dinero es la única forma de no asegurar un error en su identidad, de no dejar que mi vida se base en una traición, por pequeño que pareció en ese momento. Me decanto por aguantar el malestar, la humillación, y el quizás desprecio de mi amiga en lugar de disfrutar de tranquilidad, aún sabiendo que cada euro ganado viene de una historia que nunca me fue propia y que era de quien puso confianza en mí, en un instante de total vulnerabilidad.


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