Las mentiras salen caras
No creo que aceptaría el dinero por la película. Probablemente lo decidiría en cuanto colgara el teléfono, mucho antes de tener tiempo para pensarlo tranquilamente. Esa historia del accidente no era mía, nunca lo había sido. Una amiga me contó esa historia en un banco, entre lágrimas, apenas unos días después de que su propio padre hubiera muerto. Convertir ese dolor en provecho sería una traición, aunque no hubiera rostros ni nombres reconocibles. Hay cosas que no se venden.
No puedo callar, tampoco. Los días pasarían y la culpa se me echaría encima; aunque no hubiera escrito yo el guión, había dado la idea. Por lo tanto, me reuniría con mi amiga y le contaría todo. Le diría algo como "Una noche, estaba confundido, borracho... y en el lugar equivocado, alguien oyó la historia, la recordó y la escribió." No para justificarme, sino porque ella se merece la verdad.
Quizás me miraría con ira. Quizás se produciría un silencio entre nosotros, y nos distanciaríamos un tiempo. Aun así, prefiero perderla por un tiempo y decir la verdad, que seguir viviendo una amistad con una mentira. El silencio también es mentira, aunque parezca proteger.
Le explicaría la situación y le dejaría decidir a ella. Si deseara que esa historia nunca saliera a la luz, la apoyaría. Si ella da el visto bueno, yo también. Ya habría tomado mis decisiones. Colgaría el teléfono sin un euro nuevo, pero con la conciencia tranquila. Porque al final, cuando todo haya desaparecido, lo único que me quedará será la forma en la que decidí actuar.
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