Reseña
Me planteo con a veces este dilema moral y me resulta muy incómoda la situación. Por una parte, comprendo perfectamente la importancia de valoraciones. Sé que se utilizan para imponer unas mínimas condiciones de calidad, para mejorar el servicio y como orientación para otros consumidores. Si miento y doy cinco estrellas después de recibir un mal servicio, el sistema pierde valor y la empresa nunca rectificará sus fallas.
Pero siempre es la empatía la que acaba ganando y lo hace en mi cabeza. Saber que con un simple clic puedo ser la causa por la que un tipo pierde su trabajo y su dinero es algo de lo que me siento sumamente culpable. Sé que detrás de una mala experiencia puede haber condiciones laborales, estrés extremo, ansiedad o problemas personales muy graves. Estas medidas de satisfacción de los clientes las aplican muchas empresas con un rigor insoportable, llegan a despedir a sus trabajadores tras una sola queja sin tener en cuenta el contexto.
Así que mi fórmula habitual cuando me encuentro en este tipo de encrucijadas es callarme. Si la experiencia ha sido mala pero soportable no me gusta dejar valoraciones. Pues así no miento, pero tampoco hago que despidan a alguien.
Pero hago una excepción únicamente cuando el trato ha sido realmente insultante o lesivo. En ese caso, en lugar de derrumbar públicamente al trabajador con nota disconforme, pondré en contacto con la empresa, en privado. Un comentario extenso permite matizar y buscar una solución constructiva sin que un frío algoritmo determine el futuro de un usuario. Es, al fín y al cabo, pura empatía.
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