Dejamos de ser bachilleres
Ahora que el curso está a punto de acabar, me cuesta asimilar que esta etapa también se termina. No parece real. Es como si cada que Larrea dice lo poco que nos queda esté mintiendo, porque es difícil aceptar que el lugar donde he pasado tantos años, con la misma gente cada día, dejará de ser mi rutina. Me duele pensar que este cierre es definitivo. Si echo la vista atrás, me quedo con todos los momentos felices, las risas en clase, los patios, los trabajos en grupo…
También me quedo con esos profesores que te marcan, no solo por lo que enseñan, sino por cómo lo hacen. Da gusto venir a clase cuando se nota que a los profesores les gusta su trabajo. Creo que al final eso influye mucho más de lo que parece en el momento.
Si tuviera que borrar algo, probablemente serían los momentos de estrés, sobre todo en épocas de exámenes. La verdad, me he organizado fatal este año, he dejado asignaturas como física y filosofía completamente abandonadas y me las he estudiado el día de antes, claramente durmiendo 3 horas. Aunque las notas hayan salido bien, sé que no es sano y he estado me he sentido como un zombi muchas veces.
La conclusión más clara que saco es que el tiempo pasa tan rápido que asusta. Muchos estarán deseando que llegue el final pero yo no. Ni ahora que está cerca de acabarse, ni hace 7 meses. Yo no quería que fuese tan rápido.
He aprendido que no todo es tan importante como parece en el momento. Hay cosas que te preocupan muchísimo y luego, con el tiempo, te das cuenta de que no tenían tanta importancia. En general, creo que me llevo un recuerdo bastante completo, con cosas buenas y malas, pero sobre todo con experiencias que al final son las que realmente importan. Me entristece muchísimo que esta etapa acabe, y el hecho de que me vaya a ir a Donosti lo hace más duro porque no tengo el consuelo de ver a algunos por los pasillos de la universidad. Cuesta aceptar que hay muchos a los que no voy a ver nunca más.
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