fama o felicidad
Si me dan a elegir entre la gloria eterna a costa de un sufrimiento atroz y una vida tranquila conformándome con ser un creador mediocre, lo tengo bastante claro: me quedo con la mediocridad artística y la paz mental.
Es innegable que existe un aura romántica alrededor del artista atormentado. Nos fascina la idea del genio maldito que transforma sus traumas infantiles y sus demonios internos en obras maestras indiscutibles. Sin embargo, a menudo olvidamos que detrás de esos lienzos o poemas brillantes había personas reales atravesando un infierno diario. La creatividad asombrosa no compensa el dolor de no poder disfrutar de algo tan simple como un día normal.
Prefiero mil veces haber tenido una infancia plácida, crecer sin mochilas emocionales insalvables y llevar una existencia serena. ¿Que eso me condena a escribir novelas del montón o a componer canciones que nadie recordará dentro de cien años? Lo asumo sin problema. Al final del día, el arte es solo una parte de la experiencia humana, no la existencia entera. Una vida feliz tiene un valor absoluto que ninguna crítica literaria favorable puede igualar.
Además, la idea de que solo se puede crear grandeza desde la herida es un mito bastante tóxico. Pero incluso aceptando las reglas estrictas de este dilema, renuncio a la genialidad. Prefiero ser un individuo pleno que disfruta de los suyos y de lo cotidiano, aunque mis obras acaben cogiendo polvo en el fondo de un cajón.
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