Fama o felicidad

 Elegiría el caos, sin darle muchas vueltas. Al final, prefiero una biografía con aristas que el silencio de una vida tan cómoda que termine resultando irrelevante. La mediocridad es como un paisaje sin relieve: es fácil de caminar, pero nadie se detiene a mirarlo dos veces.

Si para alcanzar esa chispa hace falta haber crecido entre sombras, lo acepto. El arte que sacude no suele venir de la calma, sino de la necesidad de entender un mundo que, a ratos, no tiene sentido. Una infancia tranquila te ofrece equilibrio, sí, pero a veces te quita el hambre. Te deja sin ese impulso de buscar respuestas en los lugares donde nadie más se atreve a mirar.

Prefiero el riesgo de perderme en el laberinto si eso significa encontrar una verdad que valga la pena contar. Hay algo en el dolor que, si no te rompe del todo, te da una voz que no se puede fingir. Al final, el que no ha pasado frío, no sabe cómo se escribe el fuego. Dame la experiencia cruda, con sus luces y sus deudas, porque prefiero ser un incendio breve que una llama que se apaga sin que nadie se haya dado cuenta de que estaba encendida.

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