¿Fama o felicidad?

Esta cuestión podría ser una de las más difíciles a las que me he enfrentado lo que llevamos de curso, porque ¿quién no querría vivir una vida normal y corriente sin traumas ni heridas imposibles de borrar? O, para aquellos que quieran dedicar el resto de sus años al arte, ¿quién no querría ser recordado y respetado en su oficio, con una obra que tanto la crítica como el público ha podido reconocer?

Si me preguntan a mí, no creo que obtengan la respuesta que muchos de ustedes quisieran oír. Por muy inhumano que llegue a sonar lo que estoy a punto de decir, me decanto por la primera opción: efectivamente, prefiero ser un creador sobresaliente a costa de una infancia y/o adolescencia dolorosas, con un miedo permanente que ni la acogida de mis trabajos será capaz de remediar. Les parecerá una locura, pero creo que el buen arte, aquel que es recordado por siglos, surge de las vivencias, de aquello que uno experimenta en la vida real. Se nota cuando un cuadro, canción o novela es auténtico y, si se presta la atención suficiente, se puede deducir la intención del autor en cada pincelada, nota o palabra. Es por esto mismo que entidades como la inteligencia artificial jamás podrán realizar algo que resuene con el público (véase el caso del grupo de música artificial The Velvet Sundown), aunque eso daría para otro debate.

Todos los artistas necesitan una fuente de inspiración para crear algo; y, en este caso, un periodo tan traumático puede ofrecer una perspectiva alternativa y distinta de la vida a aquel que lo experimenta. Es ahí cuando el arte se convierte en una necesidad, en un medio para desahogarse y transmitir ese sufrimiento a aquellos que quieran escucharlo.

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