INFANCIA
INFANCIA
Personalmente, tengo muy claro que prefiero mil veces haber tenido una infancia estable, segura y sin grandes dramas, aunque eso signifique que nunca llegue a ser un artista excepcional o un creador brillante. Hay una idea romántica y bastante tóxica que se repite constantemente: que para crear algo realmente profundo o memorable es casi obligatorio haber sufrido mucho, haber pasado por un infierno personal o llevar una mochila llena de heridas.
Nos han vendido la imagen del genio atormentado como si el dolor fuera el combustible necesario de la verdadera creatividad. Yo creo que es justo al contrario. Los traumas de la infancia no te hacen más creativo a largo plazo; te complican la vida de formas sutiles y persistentes: te roban claridad mental, distorsionan la forma en que te relacionas contigo mismo y con los demás, y muchas veces te dejan con una ansiedad o una tristeza de fondo que nunca termina de irse.
Sí, existe el “arte nacido del sufrimiento”, y algunas obras maestras han salido de ahí. Pero la calidad de una obra depende, sobre todo, de la sensibilidad, la disciplina, la inteligencia emocional y la habilidad técnica de quien la crea, no del volumen de su dolor. He visto a personas con vidas relativamente tranquilas producir cosas hermosas y conmovedoras, y a otras con historias terribles crear obras mediocres o directamente no crear nada. El sufrimiento por sí solo no te da talento; solo te da sufrimiento.
Por eso no veo ningún sentido en idealizar el calvario como requisito para ser “grande”. No vale la pena sacrificar la paz interior, la capacidad de disfrutar del día a día y la posibilidad de tener relaciones sanas solo por la remota posibilidad de alcanzar una genialidad que, además, tampoco está garantizada.
Al final, lo que de verdad importa no es si alguien te recuerda como un artista excepcional o como alguien corriente. Lo que cuenta es poder mirar atrás y sentir que has vivido con cierto equilibrio, que has podido querer y ser querido sin que el miedo o el dolor lo contaminara todo. Prefiero ser una persona común, con una mente relativamente en paz, capaz de disfrutar de las cosas pequeñas y de construir vínculos sólidos, antes que un genio brillante pero roto por dentro, incapaz de saborear lo que ha conseguido.
Una infancia serena no te garantiza ser un gran creador, pero sí te da algo mucho más valioso: la posibilidad real de ser una persona completa y feliz. Y eso, para mí, no tiene precio.
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